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Lutero el genocida
Los escritos de Lutero sobre la Guerra de los Campesinos están llenos de expresiones de odio y fanatismo pues cuando fue criticado en sus últimos años por incitar a los señores regionales a una matanza violenta y despiadada (más de 100.000 campesinos), Lutero respondió en un tono desafiante: “Fui yo, Martín Lutero, quien mató a todos los campesinos en la insurrección, ya que fui yo quien ordenó que los mataran. Toda su sangre está sobre mis hombros. Pero yo la eché sobre nuestro Señor Dios quien me mandó hablar de esa manera.” (Martín Lutero, Werke, edición de Erlangen, Tomo 59, p. 284.). De hecho, el mismo Consejo de la Federación Luterana Mundial (FLM) pidió perdón por esta masacre de más de 130,000 campesinos.
¿Por qué este lado oscuro de Lutero? Porque la vida y obra de Lutero fue similar en muchos aspectos a la de otros grandes reformistas que comenzaron bien, clamando: “De vuelta a la Biblia,” pero quienes pronto se dieron cuenta que mucho más que la opinión religiosa estaba en juego en una reforma radical en donde tenían a Jesús como Salvador, pero no como el Señor de sus vidas. El resultado fue que un sistema de indulgencias católicas fue abolido sólo para ser sustituido por otro, la sola fide. De hecho, un famoso teólogo moderno y mártir luterano que luchó contra el nazismo de Hitler en Alemania, Dietrich Bonhoeffer, escribió acerca de este resultado lamentable describiendo esta “indulgencia protestante” para pecar por el nombre de “gracia barata” (Bonhoeffer, Dietrich: The Cost of Discipleship (“El costo del discipulado”), pp. 37–38, 47).
Estas palabras tan alarmantes no son las de un adversario de Lutero, sino que son la confesión sincera de un famoso teólogo y héroe luterano moderno que vio el colapso de semejante protestantismo vacío durante la Alemania nazi, donde muchos de los miembros de su Iglesia apostataron para seguir a un dictador moderno anticristiano, demostrando que el cristianismo alemán era sólo superficial. Los anabaptistas como Menno Simons (un antiguo líder anabaptista), contemporáneos de Lutero, inmediatamente se percataron de la falacia de esta doctrina de “sólo cree” y observaron con tristeza el deterioro moral general que produjo entre la gente común (The Complete Works of Menno Simons, “Obras completas de Menno Simons”, p. 251, 283).
Para situar el contexto histórico, todo se remonta a las tesis de Wittenberg, promulgadas en 1517 por un monje agustino de nombre Martín Lutero. Aquel gesto abrió un cisma dentro de la Iglesia católica, cuyo máximo defensor, el emperador Carlos V, estuvo dispuesto a escuchar a aquel fraile. Sus obras más controvertidas fueron A la Nobleza Cristiana de la Nación Alemana, una llamada a los príncipes a asumir las funciones del papado; El cautiverio babilónico de la Iglesia, una crítica a los sacramentos; y La libertad del cristiano, donde afirmaba que solo la fe salva al creyente. En 1521, se le pidió en la Dieta de Worms que se retractara de sus escritos, pero este se negó y aprovechó el salvoconducto imperial para desaparecer de la escena.
Los campesinos “se convirtieron con toda evidencia en hombres pérfidos, perjuros, desobedientes, en rebeldes homicidas, asaltantes, blasfemos”.
Martín Lutero, en “Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos”
En 1522, Lutero volvió al primer plano justo cuando sus ideas se propagaban con velocidad por las ciudades germánicas, a través de sus discípulos. En un principio, el fraile supo de las quejas de los campesinos y los quiso apoyar; pero rápidamente se dio cuenta de que su nueva doctrina empezaba a consolidarse en las altas cotas de poder, tanto en príncipes como magistrados. Así que aquellas demandas populares apuntaron directamente a sus nuevos protectores. Por eso escribió una obra que cambió completamente el panorama: “Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos” (1525). ¡Lutero cambió su posición para apoyar a la nobleza y pidió reprimir a la fuerza a los campesinos!
Este fragmento de su obra sirve para ilustrar su pensamiento: “En un primer término no quiero oponerme a aquellas autoridades que, pudiendo y queriendo hacerlo, repriman con todo rigor y castiguen a tales campesinos (…) Están plenamente en su derecho, dado que los campesinos ya no luchan en defensa del evangelio, sino que se convirtieron con toda evidencia en hombres pérfidos, perjuros, desobedientes, en rebeldes homicidas, asaltantes, blasfemos”.
El líder de aquella masa descontenta con el poder fue Thomas Müntzer, la cabeza de los anabaptistas, una vertiente más radical del luteranismo. En la actualidad, existe una gran desinformación a la hora de tratar el protestantismo, ya que se piensa que es un bloque uniforme, que no tiene matices. Pero la realidad es bien diferente, ya que existen diferentes ramas, entre ellas el anabaptismo: defensor de que el bautismo deba realizarse a una edad adulta y convencidos de que el día del Juicio Final estaba cerca. Sin duda, fue la competencia más directa que tuvo Lutero en el Sacro Imperio. Por eso, el monje entendió que apoyar una guerra contra los promotores de la considerada primera revolución del pueblo, solo podía ir en su beneficio. Este levantamiento será tomado como ejemplo durante la Revolución Francesa o incluso, años después, por los movimientos socialistas en el siglo XIX en Rusia.
La revuelta acabó con la batalla decisiva ocurrida en Frankenhausen, que enfrentó a las tropas de la nobleza con los campesinos. Los seguidores de Müntzer, considerado por algunos investigadores el gran revolucionario de su época, perdieron aquel 15 de mayo de 1525 cualquier esperanza de continuar con su lucha armada. La desigualdad en el armamento quedó plausible en las más de 5.000 bajas campesinas, frente a las apenas diez de los nobles. Tan solo unos días después, su líder fue capturado, torturado y decapitado por orden del príncipe de Sajonia en Mülhausen, en el estado de Turingia.
Estas guerras, conocidas sobre el terreno como “la revolución del hombre común”, movilizaron a un total de 300.000 campesinos, de los que murieron en torno 75.000 y 100.000. Es decir, casi un 33% de los implicados. La renovación espiritual planteada por Lutero no quiso cambiar los paradigmas políticos establecidos, y eso se notó en Alsacia, una de las regiones más afectadas con 30.000 fallecidos. La Oficina de Turismo de Estrasburgo todavía recuerda cómo estos hechos afectaron a su ciudad pese a los intentos de su reformador, Martín Bucero, de actuar como mediador. De esta forma, el luteranismo quedó como el gran adalid de la Reforma protestante, y podrá a través de su nueva doctrina establecerse paulatinamente en el poder