¿Conquistando la tierra prometida?

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¿Conquistando la tierra prometida?

El impulso por colonizar la selva dio la posibilidad a los israelitas para tener un respaldo político de los gobiernos de turno con el propósito de poder cumplir su utopía como grupo en torno a la tierra prometida.

Dicha organización israelita es, en sí, una empresa capitalista coloniza-dora, de capitales y personal andinos, cuyo objetivo primordial, dejando de lado sus peculiaridades religiosas milenaristas y escatológicas, es la apropiación de las tierras que puedan ser ganadas para la agricultura me-diante la colonización en la selva alta y baja, con miras a satisfacer primero las necesidades alimenticias de la comunidad colonizadora israelita y, al mismo tiempo, obtener beneficios económicos mediante la colocación de sus excedentes en los mercados regionales, para la obtención de dinero o destinarlos al intercambio por productos que no puedan autogenerar, ya sea con las comunidades israelitas aledañas o los demás pueblos y etnias de la zona; y, desde hace 30 años, también para generar clientelismo y propaganda política en las zonas en donde, por el número de sus fieles, pueden competir electoralmente con ciertas posibilidades de éxito el Fre-pap–FIA7. 

En otras palabras, estos se comportan como tantos colonizado-res andinos de frontera: las tierras que los dirigentes elegían (hasta 1993 la elección era decisión personal de Ezequiel Ataucusi Gamonal) fueron ocupadas por un significativo número de sus fieles para luego proceder a desmontar el bosque de la manera tradicional andina, mediante la tala y la quema del bosque, y proceder al inicio del ciclo agrícola cultivo/cosecha, descanso de la tierra/cultivo/cosecha. Nada explica mejor este impulso místico y colonizador que la letra de su himno «La agricultura»:

En nuestra tierra en la que habitamos

Cuántos hogares estarán sufriendo

Llorando niños y oprimidos

Falta dinero, también alimento 

Nuestro maestro (Ezequiel) siempre nos enseña

Siempre nos dice huyan a los montes

En las montañas (selvas) debemos trabajar

Labrar el campo para mejor siembra (Téllez, 2009, p. 53)

Unos  años  después,  ante  la  pérdida  de  todos  los  nutrientes  del  sue-lo,  los  colonos  israelitas  talaban  y  quemaban  nuevas  áreas  de  bosque,  repitiendo el destructivo ciclo de la agricultura tradicional. La llegada de otros  (desde  Lima  y  las  principales  ciudades  de  la  costa)  y  la  práctica  de  una agricultura tradicional forzaron a la expansión de esta comunidad. 

Un ejemplo  fehaciente  es  el  Alto  Monte  Israel,  asentamiento  israelita  ubicado en la provincia de Mariscal Castilla (Loreto), primero y principal de los asentamientos israelitas en la región, desde donde, siguiendo el curso del río  Amazonas,  se  expandieron  a  otras  zonas  de  la  provincia  y  fundaron  nuevos asentamientos, como Nuevo Pebas, Nueva Esperanza, Santa Rosa, Nuevo Perú, Tahuantinsuyo, Arco Iris y Nuevo Jerusalén, hasta alcanzar el suelo  colombiano,  donde  cimentaron  el  asentamiento  León  de  Judá,  y  Brasil, donde también se les encuentra.

El uso del suelo del Monte Alto en la agricultura por los colonos «is-raelitas»  viene  ocasionando  graves  problemas  de  deforestación,  [se  ha]  constatado  al  año  1999  una  deforestación  de  aproximadamen-te dos mil hectáreas de bosques, incluidas las áreas cultivadas, cuyo impacto sobre el medio ambiente está relacionado con la sedimen-tación  de  microcuencas  hidrográficas  (quebradas),  migraciones  de  numerosas especies de la macrofauna silvestre, aparición de plagas y enfermedades de cultivos, entre otras (Rivas, 2005, p. 46).

En tanto la colonización se iniciaba, las tierras ya ocupadas eran denun-ciadas por los personeros legales de la comunidad religiosa ante las autori-dades pertinentes para su legalización, por lo que se convirtió a esta agru-pación (nunca a sus fieles como individuos) en la legítima propietaria.

Esta forma de colonización, el cultivo, la práctica intensiva de la caza y la pesca los  enfrentaba  y  enfrenta,  directamente,  a  las  comunidades  nativas  (pue-blos originarios), quienes los percibían hasta la actualidad como a cualquier colonizador andino: extraño, agresivo, depredador, usurpador y leguleyo: Entonces  hay  otros  dirigentes  —hermanos  andinos—  y  van  allá  (a  los Andes) y dicen saben que hay terreno libre, vamos. 

Sin embargo no analizan bien de quién es ese terreno, a quién les pertenece, si es de  la  comunidad  o  no…  Vienen  por  venir  nada  más,  y  una  vez  que están  instalados  entonces  vienen  los  problemas,  pero  ¿quién  hace  el  problema?  Ellos  mismos,  están  en  asociación.  

Una  persona  había  formado  un  equipo  y  les  había  cobrado  cien  soles  o  mil  soles  para  conformarse  esa  asociación  para  que  ingresaran,  pero  al  final  esos  terrenos [pertenecen] a la comunidad de Centro Somaveni y sus ane-xos; ingresaron y ahí vienen recién los problemas (presidente de las rondas ashánincas del río Ene, citado por CRS, 2012, p. 38).Como es de suponer, muchas de las comunidades nativas, hasta bien entrada la década de 1970, jamás se preocuparon por legalizar la tenencia de sus predios ante el Ministerio de Agricultura, por lo que el vacío legal era aprovechado por los colonos andinos, entre ellos los israelitas, desde siempre más dispuestos y más duchos para los trámites burocráticos.

La  legislación  nacional  ya  reconocía  desde  [la  década  de  1960]  la  existencia de los indígenas amazónicos en la medida en que se orga-nizaran como comunidades nativas. Como señala el texto, esta mis-ma  legislación  tenía  un  problema:  [solo]  consideraba  a  las  comuni-dades constituidas conforme a ley. 

Es decir, si las comunidades no se organizaban de la manera dictada por el sistema jurídico, no existían (Mayor y Bodmer, 2009, p. 44).

La  colonización  israelita  en  zonas  de  bosque  amazónico  también  enfrentaba  a  los  demás  intereses  económicos  de  la  zona  en  cuestión,  o,  mejor aún, a otras formas de colonización andina, representados por los madereros legales e ilegales, cocaleros, mineros informales, etcétera.

Se  trataba  de  una  empresa  modesta,  tanto  en  el  número  de  los  colonos;  por  aquel  entonces  la  congregación  no  debía  sobrepasar  la  veintena  de  miembros,  como  por  la  experiencia  de  estos.  Esta  cir-cunstancia  conduce  a  los  israelitas  a  una  de  las  primeras  tragedias  del  proceso.  Convencidos  de  que  el  derecho  que  nacía  del  cultivo  de las tierras y la posterior denuncia de las mismas ante el ministerio se extendía a todos los aprovechamientos de los predios, los herma-nos se opusieron tajantemente a que la empresa que poseía los de-rechos de explotación maderera —Balarín S. A.— hiciese uso de los mismos. 

Firmemente persuadidos de tener la razón y alentados por sus dirigentes, los campesinos se dispusieron a hacer frente tanto a los empleados de la compañía como a las fuerzas de orden público que acudieron para hacer cumplir la ley. 

El resultado no pudo ser más dramático  y,  en  junio  de  1970,  se  desencadenó  un  enfrentamiento  en el que murieron entre cuatro y nueve personas. Por si fuera poco, el  choque  dio  lugar  a  una  disensión  interna,  dado  que  algunos  de  los colonos se alinearon con las posiciones de la empresa maderera. 

Finalmente, el asentamiento acabó siendo abandonado y los pobla-dores se dirigieron a Boca Samaya (Pasco), la más antigua de las colo-nias aún existentes (De la Torre, 2007, pp. 673–674

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